Hace tres días llueve con sol, con bronca, con discreción, con desgano, por barrios, por horas, por capricho... Escampa, y cuando parecía haberse consolado, recuerda otra fatalidad y a llorar, por lo menos por un rato.
Siento cierta afinidad con estos días, pero están agitando recuerdos erráticos, bien encerraditos.
¿Es siempre necesario un confidente? ¿Qué tanto de lo que hacemos fuera de los límites puede quedar en nosotros? ¿Muere?, ¿permanece latente?, ¿se transforma en vicios?
He aquí dos aforismos relacionados con la situación:
“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”, y “el que calla, otorga”.
De ello devienen preocupaciones divergentes: No quiero ser dueña de algo que me perturbe. Es como tener un perro asesino, un arma en el placard, una agenda, un reloj, una bomba atómica. Pero por otro lado me preocupa pensar qué de mí estoy otorgando y sobre todo a quién con este silencio.
Hace algún tiempo hice algo, que pese a la inmensa facilidad para justificar mis actos, no puedo hacerlo ingresar al catálogo de lo permitido. Probé sincerarme con Zama, gata de pocos prejuicios. No pude. En el baño frente al espejo intenté pronunciar mi error mirándome a los ojos. Tampoco resultó. Pensé en recurrir a un sacerdote; gritarlo durante un embotellamiento, escribirlo en un papel. Imposible.
Madre estaría orgullosa de mí si supiera las ganas que tengo de sacar la basura. Pero una vez que lo haga, habrá mugre por todos lados. Quizás algo pueda reciclarse, pero cómo saberlo.
¿Si ando más de una hora por día en bici, después de cierta cantidad de calorías, empezaré a quemar culpas?
Bien, el desafío es transcribir acá, y dejar que los lectores -exiguos- me juzguen según sus criterios y valores:
Sucedió hace un día, hace algunos meses. Me acababa de levantar, salí al balcón, no recuerdo si a buscar algo en particular o conducida por un perverso designio. Ya hacía calor, me acodé en la baranda unos segundos...
... No, no puedo. Daré un par de opciones, entre ellas puede que esté oculta la verdad o no. Cada uno, por su grado de conocimiento o confianza me atribuirá un ítem y en base a ello dictaminará:
a) Zama se acercó, también recién levantadita. La alcé para mimarla, pero se me cruzó la idea. Un doble de desafió. Arrojé a Zama desde el tercer piso para comprobar de un sólo “tiro” si es cierto que siempre caen de pie y si es cierto que tiene más de una vida. La vi apoyarse, con cierta sutileza de ehco, en sus cuatro patas, maullar y caminar desorientada. Bajé corriendo, la traje y le hice creer que se trató de un descuido.
b) Escupí en la calva reluciente de un transeúnte y me oculté.
c) Después de establecer contacto visual con un Sr. Barrendero que se veía muy fatigado, le enseñé los pechos por unos segundos, sin ningún motivo, ni pretensión. Después hice caso omiso de los timbres que sonaban en todos los departamentos del tercer piso.
d) Me pareció una hermosa mañana, entré y me preparé un trago. Lo tomé como desayuno. Saqué una silla y me tiré panza arriba, acto que repetí por semanas, mientras mi jefa creía que trabajaba.
e) Pasó un afilador, con su melodía particular. Agarré un par de cuchillos, me cambié, baje rápido y lo corrí unas cuadras. En una esquina lo paré y en venganza por una estafa anterior del gremio, le clavé uno de los bien afilados, pero a un precio usurero, cuchillos en el abdomen. Sin emitir ningún sonido, se cubrió la herida con las palams y se cayó con la bici. Salí corriendo. Nadie me siguió. Busqué en los medios si hubo cobertura, me parecía bastante poético que un afilador haya sido acuchillado. Justicia divina, los diarios nunca la contemplan.
Engañar es necesariamente transitivo, se engaña a alguien o no se engaña. ¿Seré yo la víctima?

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