jueves, 31 de marzo de 2011

Extrapolaciones

Todos los alumnos con sus bancos de repente ubicados en las celdas de un panal. El profesor diserta como abeja reina sobre tareas a realizar, “más miel –dice- mucho más miel”. Mientras habla hay quienes se enrulan la antena, quienes  se lustran los pies con la felpa de sus caderas bicolor y otros que piensan en las flores que podrían estar besando por allí afuera.  Ni la forma hexagonal de las casillas, ni la membrana que les da forma es lo que asegura la incomunicación entre los estudiantes de diminutas cinturas, sino la rigidez del discurso real. Como una placa metálica los cerca pese a la voluntad general.

lunes, 28 de marzo de 2011

Cuerpos en transición

El otoño, este preludio de temperatura decadente e  inestable no me asienta. Seis pasos descalza hasta el baño equivalen a dos estornudos y un restriego compulsivo de los ojos.  La alergia entra por ahí dónde hay piel expuesta. En el balcón que pronto será un territorio enemigo, percibo que no soy la única con problemas de adaptación. El árbol frente a casa tiene las terminaciones nerviosas peladas, parecen dedos raquíticos y nerviosos. Cuando volteo escucho algo así como un estornudo vegetal, y tras eso unas trece hojas se despiden del resto. Así se van despojando las ramas. Los estornudos, algo fisiológicamente tan particular, en los árboles adoptan la forma de un movimiento brusco e imprevisible. La mayoría de los testigos casuales atribuirían al viento. Pero no. Basta acercarse lo suficiente para sentir que la ráfaga la genera el árbol al mismo tiempo que emite un sonido bastante discreto para semejante tamaño.

Hay un ataque a su integridad, a su pudor, algo muy sádico. El viento los desnuda en plena epoca otoñal. 
Siempre disfruté de su presencia, su ramaje de telaraña en invierno, su follaje de confites mentolados en verano, ahora en cambio me siento un tanto cercana. Ninguno de los dos se siente fuerte frente a las estaciones frías. Nací un día antes de que empezara esta estación, me pregunto: si llegaba durante su mandato, ¿toleraría mejor sus embates?


"... Las hojas muertas se juntan con pala,
los recuerdos y arrepentimientos también
y el viento del norte las lleva
por la noche fría del olvido..." Ives Montand

(En francés suena tanto más bonita)

Bonne nuit

viernes, 25 de marzo de 2011

La vuelta al día en 80 líneas

(A pedido de Clarisa. Si les parece largo, es su culpa.)

De todos modos, si no lo escribo aturdiré a cuantos vea con la anécdota y las digresiones son siempre más en vivo que escrito… Lo cual es mucho decir.

Ha sido un día intenso,  furioso. Ahora pienso que furia y euforia quizás compartan parte de su etimología.  (Lo busqué. Furia - Eueforia)

Si la  lluvia es muy tenue no resuena en la carcasa del aire acondicionado, se percibe por el ruido de las ruedas sobre el asfalto. Ese seseo provocado seguramente por gotas que la velocidad de los neumáticos despega de la calle, ese sonido que por unidad es imperceptible, por centenares de autos que desde temprano surcan Virrey Ceballos al 600, se eleva como un crujido húmedo hasta el tercer piso. Digo, supe que llovía antes de abrir los ojos. No sería una perspectiva alentadora si no fuera porque iba a estrenar mi piloto ultra chic, estilo Luisa Lane regalo de Juan en mi reciente cumpleaños.

Tenía dos reuniones, un percance a última hora con el cierre de una revista sumado a la absoluta inmovilidad del tráfico “si se me permite el oximorón”  hizo que llegáramos tarde a la primera. En el taxi camino a la segunda, tuve que reconocer ante mi jefa que no tenía la dirección a dónde íbamos, sólo una idea aproximada, un cruce de calles cercano y un “timbre 2”. Por su parte Iris no tenía el número de la persona con la que nos reuniríamos. Sobrevino el silencio. Al bajar ella corrió a un locutorio para pedir a alguien es su casa que buscara en un cajón de su mesita de luz el teléfono en cuestión. Yo me fui a la esquina de referencia a buscar una construcción que tuviera como mucho cuatro timbres. No podía ser un edificio convencional. Después me percaté que era más sencillo preguntar a un quiosquero, La indicación fue inmediata. Preferimos llamar, la reunión se postergó por el horario.

Me acercó hasta la parada del 12 que pasa de casualidad frente a  una librería a la debía a ir en busca de un libro muy especial, agotado, sin expectativas de redición. Lo tenían usado a precio de un clásico agotado sin  expectativas de reedición. Ayer no pude costearlo, pero le dije que volvería y me lo llevaría como regalo de cumpleaños.  La imagen de su fachada tardó en conectarse con la evocación del compromiso un par de cuadras cuadra. Toqué timbre, bajé, retrocedí, entré. Cuando iba a pagar,  leo en un cartel "Con una compra superior a los cincuenta pesos, la casa invita una copa de licor artesanal." Me quedé mirando un rato y cuando percibí la mirada del vendedor, le pregunté:
-¿En qué situación estoy en relación a esta promoción?- Mi compra era exactamente de cincuenta pesos.
-Es 50,  inclusive. Respondió con simpatía un sujeto muy parecido a Bill Murray, llamado Diego.
“Qué afortunada” pensé, si no hubiera regateado el precio para arriba –lo cual no si a nivel conceptual es viable-.

Dijo que iba a buscar la carta, lo cual seguía siendo bizarro, y al rato vino con una lista de trece licores artesanales y un par de clásicos de supermercado.

"Siempre quise tener un bar", me comentó. Me recomendó un Tía María casero. Acepté el consejo y fue por unos vasitos. Me sirvió, se sirvió e hizo un ademán para convocar un brindis. No recuerdo bien porque motivo chocamos los vasitos, pero fue algo sencillo y perfecto  como “por los buenos momentos”. (recuperaré este recuerdo de la cabeza del vendedor)

Ahora viene lo peor. Al mejor estilo shot de tequiila lo liquidé de una, cuando alzo la mirada el sólo había probado un traguito y acto seguido al ver mi vaso vacío hizo un mohín de perplejidad y soltó una exclamación respetuosa de asombro. Hace mucho no sentía tan presente la vergüenza en el rostro, tanta influencia en su  temperatura. No se lo esperaba.

-Es que a mi me gusta más bien, saborearlo, de a poco – se justificó sin motivo.

Me empecé a reír, un tanto incómoda pero divertida. Le expliqué de mi pasado agitado, de tragos blancos fugaces, mezclados con sal y limón. La charla se prolongó de manera muy agradable  hasta que un reloj cucu tradicional , del cual no me había percatado, comenzó a sonar. Asumí que eran las 17 y seguimos hablando un rato. Cuando preguntó por mis estudios le dije qué estaba estudiando  y que tenía que irme porque a las 18 tenía clases. Ahí eché un vistazo al cucu, ahora a sus agujas -maldito pájaro que antes me distrajo- Eran las 18.15. Debía andar mal, un tanto alarmada pregunté por ello.

-Sí, está adelantado,  cinco minutos – me dijo.

La clase anterior el profesor había dicho que no toleraba más de 15 minutos de tardanza. Quise salir corriendo pero recordé que ya no tenía monedas ni tarjeta para el colectivo. Lo dije, “te cambio o te presto” dijo y lo hizo. Alcancé otro 12, pero vieron lo que dije del tránsito, seguía igual. Entonces me di cuenta que más rápido sería correr hasta la facultad que ahora queda más cerca. Toqué timbre, bajé, desperdicié  las  siete moneditas del librero. Comencé a correr: Miré el reloj, las y veinte. Tomé un taxi, el cuarto del día, lo cual es un record para alguien que discursivamente los defenestra.  

Bien eso es casi. Todo después un quiosquero pensó que lo iba a asaltar pero dado que esto parece un cuento sin mucha estructura. Lo dejamos ahí.