(A pedido de Clarisa. Si les parece largo, es su culpa.)
De todos modos, si no lo escribo aturdiré a cuantos vea con la anécdota y las digresiones son siempre más en vivo que escrito… Lo cual es mucho decir.
Ha sido un día intenso, furioso. Ahora pienso que furia y euforia quizás compartan parte de su etimología. (Lo busqué. Furia - Eueforia)
Si la lluvia es muy tenue no resuena en la carcasa del aire acondicionado, se percibe por el ruido de las ruedas sobre el asfalto. Ese seseo provocado seguramente por gotas que la velocidad de los neumáticos despega de la calle, ese sonido que por unidad es imperceptible, por centenares de autos que desde temprano surcan Virrey Ceballos al 600, se eleva como un crujido húmedo hasta el tercer piso. Digo, supe que llovía antes de abrir los ojos. No sería una perspectiva alentadora si no fuera porque iba a estrenar mi piloto ultra chic, estilo Luisa Lane regalo de Juan en mi reciente cumpleaños.
Me acercó hasta la parada del 12 que pasa de casualidad frente a una librería a la debía a ir en busca de un libro muy especial, agotado, sin expectativas de redición. Lo tenían usado a precio de un clásico agotado sin expectativas de reedición. Ayer no pude costearlo, pero le dije que volvería y me lo llevaría como regalo de cumpleaños. La imagen de su fachada tardó en conectarse con la evocación del compromiso un par de cuadras cuadra. Toqué timbre, bajé, retrocedí, entré. Cuando iba a pagar, leo en un cartel "Con una compra superior a los cincuenta pesos, la casa invita una copa de licor artesanal." Me quedé mirando un rato y cuando percibí la mirada del vendedor, le pregunté:
-¿En qué situación estoy en relación a esta promoción?- Mi compra era exactamente de cincuenta pesos.
-Es 50, inclusive. Respondió con simpatía un sujeto muy parecido a Bill Murray, llamado Diego.
“Qué afortunada” pensé, si no hubiera regateado el precio para arriba –lo cual no si a nivel conceptual es viable-.
Dijo que iba a buscar la carta, lo cual seguía siendo bizarro, y al rato vino con una lista de trece licores artesanales y un par de clásicos de supermercado.
"Siempre quise tener un bar", me comentó. Me recomendó un Tía María casero. Acepté el consejo y fue por unos vasitos. Me sirvió, se sirvió e hizo un ademán para convocar un brindis. No recuerdo bien porque motivo chocamos los vasitos, pero fue algo sencillo y perfecto como “por los buenos momentos”. (recuperaré este recuerdo de la cabeza del vendedor)
Ahora viene lo peor. Al mejor estilo shot de tequiila lo liquidé de una, cuando alzo la mirada el sólo había probado un traguito y acto seguido al ver mi vaso vacío hizo un mohín de perplejidad y soltó una exclamación respetuosa de asombro. Hace mucho no sentía tan presente la vergüenza en el rostro, tanta influencia en su temperatura. No se lo esperaba.
-Es que a mi me gusta más bien, saborearlo, de a poco – se justificó sin motivo.
Me empecé a reír, un tanto incómoda pero divertida. Le expliqué de mi pasado agitado, de tragos blancos fugaces, mezclados con sal y limón. La charla se prolongó de manera muy agradable hasta que un reloj cucu tradicional , del cual no me había percatado, comenzó a sonar. Asumí que eran las 17 y seguimos hablando un rato. Cuando preguntó por mis estudios le dije qué estaba estudiando y que tenía que irme porque a las 18 tenía clases. Ahí eché un vistazo al cucu, ahora a sus agujas -maldito pájaro que antes me distrajo- Eran las 18.15. Debía andar mal, un tanto alarmada pregunté por ello.
-Sí, está adelantado, cinco minutos – me dijo.
La clase anterior el profesor había dicho que no toleraba más de 15 minutos de tardanza. Quise salir corriendo pero recordé que ya no tenía monedas ni tarjeta para el colectivo. Lo dije, “te cambio o te presto” dijo y lo hizo. Alcancé otro 12, pero vieron lo que dije del tránsito, seguía igual. Entonces me di cuenta que más rápido sería correr hasta la facultad que ahora queda más cerca. Toqué timbre, bajé, desperdicié las siete moneditas del librero. Comencé a correr: Miré el reloj, las y veinte. Tomé un taxi, el cuarto del día, lo cual es un record para alguien que discursivamente los defenestra.
Bien eso es casi. Todo después un quiosquero pensó que lo iba a asaltar pero dado que esto parece un cuento sin mucha estructura. Lo dejamos ahí.
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