martes, 28 de junio de 2011

¿Que hay detrás de una curita?

 Respuestas posibles.

1) Una marca que se impuso por sobre el producto y el sustantivo que lo designa: apósito o bien tira adhesiva sanitaria.
2) (La obvia pero demasiado general para el caso) Un corte, una raspadura, una ampolla.
3) Lo que realmente se esconde:

3.1) Una ensalada en preparación, un tomate a medio cortar, la lechuga serpenteada en la fuente. En la calle alguien frena a último momento, el ruido agudo de las gomas en fricción con el asfalto sube hasta la ventana de la cocina. Un sobresalto, un descuido, un poco de sangre en la punta del índice. En comparación con el rojo del tomate, el del dedo contiene más dolor. El cuchillo es tirado con brusquedad como si hubiera participado adrede.

3.2) Un corta pizza de hoja circular que espera  impaciente secarse y ser trasladado al cajón de utensillos especiales. Cajón, que al no se solicitado con tanta frecuencia como el de los cubiertos diarios, permite un descanso más profundo y prolongado. Parte del filo sobresale por debajo del secaplatos metálico que se abre en forma de catre. Con el trapo amarillo seca la mesada, al pasar la mano por donde lógicamente está más mojado, la hoja rueda sobre su dorso. Se dibuja una linea perfecta que no tarda en ensancharse por la sangre. Un grito con gran dosis de sorpresa. Una maldición. El trapo ahora chupa la sangre camino al ropero. En la caja de pastillas están las curitas.

 3.3)  Una pareja discute mientras camina a toda prisa a la terminal de ómnibus. Ella viajará por tres semanas; las cosas no deberían quedar así. El traqueteo de las ruedas de la valija refleja el ritmo acelerado que llevan y suma tensión. Apenas miran hacía adelante, están más atentos a los gestos de expresión y reacción del otro. A mitad de cuadra un grupo de chicos ocupa gran parte de la vereda. Se desvían. Uno de los nudillos de él roza la punta metálica de un basurero.  Una puteada. Se detienen, ella toma su mano,  la herida no es tan profunda. Se miran, se calman, sonríen y saben que todo va a estar bien entre ellos. En los días siguientes él llevará una curita y de tanto en tanto la mirará con ternura.

3.4 Un gato temperamental, nuevo integrante en una familia acostumbrada a tener perros. El niño lo alza a cada rato, le acaricia con demasiada presión, juega con sus patitas. El gato aguanta la molestia que esto le ocasiona, aún no sabe como reaccionarán ante una muestra de carácter. Tanto tiempo en una jaula, no quisiera volver allí y la calle, ni pensar en la calle. Además parecen sujetos simpáticos, el lugar es cómodo, si no fuera por ese chico insoportable. Una tarde el niño quiere que el gato atrape un pedazo de papel, el gato reflexivo finge indiferencia, el niño acerca más su mano para agitar el papel  cerca del hocico. Un movimiento perfecto, imprevisto, sumamente ágil desgarra con tres uñas la muñeca. El niño tira el papel asustado, llorando se queja ante la madre, que defiende al gato y pone una curita al niño.

Engrapadoras, cajones, golpe certero y furioso contra la pared, una manopla que se corrió un poco y nos hizo apoyar las yemas en la fuente ardiendo; un juego de básquet, zapatos nuevos, copas rotas, carreras hacia el colectivo que ya arranca,  paseos en bicicleta, caidas del árbol. 

 Detrás de cada curita hay una historia que por sencilla y breve que sea, marcó una diferencia con el día precedente y el  posterior. Es algo que no se planea, ni se prevé. Escapa a la rutina, nos enrostra el cuerpo, su vulnerabilidad, la composición sanguínea. A riesgo de sonar masoquista, festejo estas pequeñas irrupciones en la dermis tan ligadas al descuido, que nos alertan sobre la alienación y de paso permiten a la industrias de los apósitos continuar en pie.

Un profesor, materia teórica, muy comedido en sus movimientos, sin rasgos de perfil agresivo,  porta una curita en su dedo mayor: ¿qué pudo haber pasado?


viernes, 24 de junio de 2011

Como el sol que burla el pronóstico


Es de público conocimiento que la vida en nuestro planeta es posible única y exclusivamente gracias al astro mayor que irradia una energía tan poderosa, tan intensa que suscita la devoción entre seres vivos y cuerpos completamente inanimados. Por el contrario su relación con la vitalidad, entendiendo por ella, una voluntad alegre, un extra de lucidez, entusiasmo y animosidad, sobre todo para realizar tareas que no deparan ninguna sorpresa; esa relación no ha sido muy estudiada. Por falta de tiempo de quien escribe, esta no será la excepción.

Sólo quería decir que ayer noté que en Buenos Aires llevábamos por lo menos dos semanas sin sol. Lo noté con fastidio, con gran desazón. Nadie ha muerto por ello pero creo que repercute seriamente en la rutina. Cuando hay sol es más fácil hacer bien las cosas, ser amable, pensar que todo sigue un curso positivo,  mudarse el pijama. Cuando no, al principio uno finge que no le importa, dos o tres días; al cuarto la molestia ha crecido pero aún nos abstenemos de formularla concientemente, a la semana viene un quejido casi mudo, un ligero refunfuño. Pero al día trece, al abrír los ojos y confirmar por la luminosidad del cuarto que el sol sigue ausente, directamente lanzas una maldición a viva voz. Te levantás pensado que la vida es un infierno, que todos están locos, que nada tiene sentido, que si no hiciera tanto frío te irías a escupir autos, así, en pijamas.

Esta mañana, como muchos habrán podido apreciar, amaneció radiante, colmó la sala, florecieron sonrisas en los recién levantados. El café no fue una urgencia, el frío quedó opacado.

* Más información sobre las particularidades en la salida del sol: La Calle del agujero en la media


lunes, 20 de junio de 2011

Lo lúdico, el descanso, el pasado

Poema de Viel Temperley

 El nadador

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.


Más sobre Viel Temperley

sábado, 4 de junio de 2011

Tres episodios en apariencia desconectados

Primer Episodio
....
Hay un conducto que transporta directamente el frío de mis pies a mis glándulas nasales. Sufro por las mañanas  porque los grados famélicos que hay circulando por el amibente, se me pegan por todo el cuerpo y como garrapatas me roban el calor.  
Al cabo de un rato el noventa por ciento del cuerpo se semi-adaptó, pero los pies, con los pies no hay qué hacer, están cadavéricamente helados. Me siento con las piernas cruzadas, apoyo sobre ellos mis probables siete kilos de gambas. No funciona. Entonces comienzo a tirarles telas y lanas. Todavía helados. Frío que entra, frío que sale por la nariz a los cinco minutos. Es una suerte de fotosíntesis del estereotipo invernal.

Segundo Episodio

Hay una gata en la casa que se llama Zama, que suena a Ema aunque ello no sirva de nada. Estella, estilo angelical moderno, trabaja de voluntaria en la Sociedad Protectora de Animales Sarmiento. “Ema, se porta así porque está ansiosa por salir”, dice y con disimulo trata de lograr que Ema suelte el cinto de su saco.  Hasta ese entonces Ema, salta en su ph con entrepiso. El chiste estuvo bueno: “Si tuviera pulgares opuestos estaría haciendo sonar una latita”. No sé si fue de Juan o su hermano.

Un gato es para alguien que tiene mucha gente que lo quiere y se lo demuestra a seguido. Con Juan leímos sobre el lenguaje corporal de los gatos.  Se dio una suerte de “escena con metalenguaje”  del tipo: Un hombre mira una película  en el cine,  mientras otro en un plano diferente hace lo mismo. La escena es la siguiente.

Con Juan vemos las ilustraciones, las viñetas indican:
                                                     
                                                               
      ... miramos al gato;





...Juan no sobrevivió para contar la historia.


Argumentos para la aceptación del felino capricho


- Es como una estatua viviente. Sus movimientos tienen la misma sutileza que los de las estatuas cuando cobran vida.

-Duermen realmente mucho, son independientes, no te necesitan, no te quieren, seguro ni te bancan. Planteado de esta forma no tuvo mucho éxito. 

-Tranquiliza, baja los humos.

-“Conozco una lista  interminable de cosas que son más importantes que la sensatez, que  la limpieza, que el orden…

- Sino, nos volveríamos esos yupis que son su fan número uno y todo el fruto de su juvenil éxito lo gastan en ellos mismos de modo hedonista.

- Templa el alma, aclara los sentidos.

- En la heladera hay una calcomanía que indica la existencia de un gato en la casa. Si no lo tenemos ¿cómo quedamos ante los vecinos?

- ¿Los viste moverse?, ¡es como el musical Chicago!

- ¿¡Ya alguna vez te negué algo?! (No sean mal pensados)

- Toda persona que se proyecte escritora, necesita un gato. Es el primer paso de todo premio nobel.

- Nos haría compañía en caso de que el otro viaje.

- Podemos abandonarlo en el jardín británico
(-¿Jardín británico?)
- Botánico, perdón.

- Es eso o un hijo.

- yo... yo nunca tuve un gato- Argumento de Gabi.

- Claro que para traer a casa otro tipo de “gatos”, vos no tenés problemas.

-Podrían calentarme los pies, sufro mucho frío por las mañanas y hay un conducto que trasnporta…


* Finalmente un “ma’ si (te estaba por dejar de todos modos)”.
Zama tiene carácter también dijo Anabella…

Tercer Episodio

Hay una fábrica de paraguas en Constitución. Allí, entre hoteles de pasajeros y albergues transitorios, está el único representante de la industria argentina del paraguas. Es un local desprolijo con gran y repleta vidriera. Había visto negocios que vendían carteras, chalinas y paraguas; gabanes, billeteras y paraguas,  incluso vi uno en que vendían cuchillos y paraguas, lo cual me llamó ya bastante la atención.   Pero sólo paraguas, nunca.


Saludar con un “buenas tardes ¿qué anda buscando?”, es un sinsentido.
- ¡Qué lindos paraguas! dije para adelantarme.  
- ¿Quieres ver los plegables o los clásicos?
-Y… los plegables son más difíciles de perder, pero resisten muy poco. Mejor un clásico. Además si no llueve siempre es disfrutable portar el paraguas como un bastión, caminar con distinción  y cantar.

Una señora del otro del mostrador cosía unas telas impermeables. Atrás había un señor más joven  en el  taller y en un cubículo hay decenas de esqueletos de paraguas. Empiezo a señalar y empieza abrirlos. Trato de detenerlo diciendo al menos lo que no quiero. Había unos con un forro interno estampado. Me tientan, señalo, lo abre.

-Pero andá, parate más lejos y mirame, me dice mientras abre dos paraguas al mismo tiempo. Sentí que era como Willy Wonka y la fábrica de Paraguas. Por cuestión de precio indagué por los plegables. -No, esos los hacen en la China-, respondió. Había uno más normal - y barato- pero esos forrados era hermosos

-Abrilo y andá a mirarte al espejo.

Sí, ¡¡Me estaba probándo paraguas!! Salí con el de la foto. Dijo que aparte de a transeúntes desprevenidos, también los vende a una empresa de moda conocida –me dijo el nombre- y por ahí a empresas que les gusta que la gente los asocie con la lluvia. Abrí mi paraguas y la gente se detenía a mirarme estupefacta. (No llovía por cierto)