sábado, 4 de junio de 2011

Tercer Episodio

Hay una fábrica de paraguas en Constitución. Allí, entre hoteles de pasajeros y albergues transitorios, está el único representante de la industria argentina del paraguas. Es un local desprolijo con gran y repleta vidriera. Había visto negocios que vendían carteras, chalinas y paraguas; gabanes, billeteras y paraguas,  incluso vi uno en que vendían cuchillos y paraguas, lo cual me llamó ya bastante la atención.   Pero sólo paraguas, nunca.


Saludar con un “buenas tardes ¿qué anda buscando?”, es un sinsentido.
- ¡Qué lindos paraguas! dije para adelantarme.  
- ¿Quieres ver los plegables o los clásicos?
-Y… los plegables son más difíciles de perder, pero resisten muy poco. Mejor un clásico. Además si no llueve siempre es disfrutable portar el paraguas como un bastión, caminar con distinción  y cantar.

Una señora del otro del mostrador cosía unas telas impermeables. Atrás había un señor más joven  en el  taller y en un cubículo hay decenas de esqueletos de paraguas. Empiezo a señalar y empieza abrirlos. Trato de detenerlo diciendo al menos lo que no quiero. Había unos con un forro interno estampado. Me tientan, señalo, lo abre.

-Pero andá, parate más lejos y mirame, me dice mientras abre dos paraguas al mismo tiempo. Sentí que era como Willy Wonka y la fábrica de Paraguas. Por cuestión de precio indagué por los plegables. -No, esos los hacen en la China-, respondió. Había uno más normal - y barato- pero esos forrados era hermosos

-Abrilo y andá a mirarte al espejo.

Sí, ¡¡Me estaba probándo paraguas!! Salí con el de la foto. Dijo que aparte de a transeúntes desprevenidos, también los vende a una empresa de moda conocida –me dijo el nombre- y por ahí a empresas que les gusta que la gente los asocie con la lluvia. Abrí mi paraguas y la gente se detenía a mirarme estupefacta. (No llovía por cierto)