Hay una fábrica de paraguas en Constitución. Allí, entre hoteles de pasajeros y albergues transitorios, está el único representante de la industria argentina del paraguas. Es un local desprolijo con gran y repleta vidriera. Había visto negocios que vendían carteras, chalinas y paraguas; gabanes, billeteras y paraguas, incluso vi uno en que vendían cuchillos y paraguas, lo cual me llamó ya bastante la atención. Pero sólo paraguas, nunca.
Saludar con un “buenas tardes ¿qué anda buscando?”, es un sinsentido.
Saludar con un “buenas tardes ¿qué anda buscando?”, es un sinsentido.
- ¡Qué lindos paraguas! dije para adelantarme.
- ¿Quieres ver los plegables o los clásicos?
-Y… los plegables son más difíciles de perder, pero resisten muy poco. Mejor un clásico. Además si no llueve siempre es disfrutable portar el paraguas como un bastión, caminar con distinción y cantar.
Una señora del otro del mostrador cosía unas telas impermeables. Atrás había un señor más joven en el taller y en un cubículo hay decenas de esqueletos de paraguas. Empiezo a señalar y empieza abrirlos. Trato de detenerlo diciendo al menos lo que no quiero. Había unos con un forro interno estampado. Me tientan, señalo, lo abre.
-Pero andá, parate más lejos y mirame, me dice mientras abre dos paraguas al mismo tiempo. Sentí que era como Willy Wonka y la fábrica de Paraguas. Por cuestión de precio indagué por los plegables. -No, esos los hacen en la China-, respondió. Había uno más normal - y barato- pero esos forrados era hermosos
-Abrilo y andá a mirarte al espejo.
Sí, ¡¡Me estaba probándo paraguas!! Salí con el de la foto. Dijo que aparte de a transeúntes desprevenidos, también los vende a una empresa de moda conocida –me dijo el nombre- y por ahí a empresas que les gusta que la gente los asocie con la lluvia. Abrí mi paraguas y la gente se detenía a mirarme estupefacta. (No llovía por cierto)